FERNANDEZ
Es un esposo, padre y abuelo demasiado atípico. Pobre desde antes de nacer y sin posibilidades de estudiar, jamás podrá conocerse si su prodigioso ingenio es cómplice natural de una inteligencia no desarrollada.
Su casa está ubicada en un barrio periférico de la ciudad y demuestra la sencillez y humildad que a él mismo lo ha caracterizado siempre.
Pronto debió abandonar sus estudios primarios para dedicarse a trabajar. Para un niño las alternativas eran pocas, pero bien definidas. Vender en la calle diversos productos era de lo más corriente. Esto permitía la posibilidad de ganarse algunas monedas, como a los muchos niños y jóvenes que debían encarar en su inocencia el mundo de la calle. Volver luego a casa poco antes del anochecer para entregar el resultado de la venta diaria. Fue así que Fernández conoció el arte de vender helados en verano y maníes calientes en invierno. Lo remarcable que, salvo alguna fugaz temporada como trabajador rural, la venta de estos productos no lo abandonaría jamás.
Hoy Fernández tiene más de 60 años y sigue coreando en la calle sus productos, fuente de trabajo y compañía inseparable.
Así creciendo, encontró el amor. Se casó con la mujer de su vida entera y criaron juntos una niña. Han vivido siempre en la misma casa y visto pasar las mismas necesidades, manteniendo la vida en la diaria venta del trabajador callejero.
En verano caminaba las playas o se detenía en algún espectáculo público. En invierno su presencia se volvía clásica. Vendía los maníes que él mismo compraba crudos. Entonces los metía en un tarro de doble fondo. En la parte más baja del tarro un agujero por donde meter una especie de pequeña pala artificial que iba cargada de brasas encendidas.
Fernández salía de su casa al caer el sol. Cruzaba las vías del ferrocarril y se metía de lleno en la ciudad. Llegaba hasta la plaza más céntrica y se ubicaba siempre en la misma esquina. Generalmente el tarro se asomaba un poco más y era por doble motivo. Anunciaba su presencia y él buscaba reparo del frío, refugiándose en las grandes puertas de una institución bancaria.
En el invernal recorrido hasta ese lugar tenía un par de altos en el camino. Dos bares que mantenían siempre el fuego en sus estufas y le proporcionaban más y mejores brasas encendidas. Brasas que permitían cocer y mantener calientes sus maníes.
El arte de saber vender y la mística de un hombre popular transformado en personaje, hacían que generalmente tuviese una buena venta. Entonces Fernández levantaba su tarro apoyándolo en un antebrazo izquierdo que mantenía a la altura de su barriga y echaba a andar.
Pero su bohemia le marcaba conductas y un alto casi obligatorio. En su habitual bar de casi todas las noches completaba la venta, si es que algo le quedaba y se afincaba en él ofreciendo su particular desaliño.
Tirando a hombre bajo, ni gordo ni flaco. Cara un poco alargada, nariz grande, ojos vivaces y gruesos labios semi escondidos en una desprolija barba ya blanca. Asperas y gordas manos que a cada rato escondían su cara hasta descansarlas luego en los bolsillos de su abrigo. Grueso abrigo éste que no se sacaba en toda la noche, a veces un gorro de lana o de lo que fuere y el humo del cigarrillo completando la postal. Era extraño que se sentara, más bien se quedaba junto al mostrador, parado, desgastando el codo y junto a él, siempre junto a él, su tarro de maníes.
Le gustaba conversar y su voz fuerte y clara era acompañada por una risa abierta, muy particular y muchas veces irónica, que unía a sus intervenciones plenas de humor sarcástico. Completaba la escena un gordo dedo pulgar que acompañaba su voz, adaptando su movimiento de acuerdo a la conveniencia de la conversación elegida.
Verlo era esbozar una sonrisa. Una mezcla de simpatía y cariño al hombre que nos entregaba como lección la armonía de la pobreza y la felicidad.
El sabía cómo y cuándo meterse en alguna conversación y sobre todo con quien. O como dejar escapar en alta voz el pensamiento irónico que cada uno sabía podía hacerlo suyo.
Otras veces intervenía haciendo gala de su ingenio, adhiriéndose a sloganes o consignas políticas del momento, más que nada basándose en aquellos que decían combatir la pobreza, condición de la cual Fernández se sentía orgulloso.
Era capaz de hablar una botella de grappa. Pero tenía la maestría de no molestar ni siquiera cuando la ebriedad comenzaba a ser notoria. Por otra parte él bebía sólo de su dinero y cuando alguien lo invitaba solía devolver la atención.
Repartía las ganancias de la noche en tres bolsillos. En uno el dinero para gastarlo en el bar, en otro el que llevaba a su casa y el restante que le permitiría comprar más materia prima para continuar trabajando al otro día.
Su continuo humor era cortado cuando algún muchacho pretendía gastarle una broma escondiéndole el tarro. Entonces se rebelaba y era la única vez en que se lo veía enojado. Siempre tenía que estar a su vista la herramienta de trabajo. No aceptaba esas bromas y hasta no volver a localizarlo su ansiedad lo dominaba.
Algunas noches el alcohol ganaba completamente la batalla y entonces Fernández se encaminaba a casa con pasos trastabillantes, mascullando palabras inentendibles y levantando la cabeza tras largos segundos, sólo para orientarse. Alguna vez pasaba la noche durmiendo en una seccional policial. Como manera preventiva había que ayudar a pasar una mejor noche a tan particular vecino.
Su esposa no entraba en preocupaciones. Sabía que Fernández podía volver al día siguiente o al otro. Tal era la tolerancia y el amor que él siempre se refería a su mujer como "mi santa esposa". A saber, la biografía de Fernández hacía plenamente entendible y justificable tal definición.
En fin, más o menos así es Fernández. Un hombre que trabaja y que cuando el hambre lo apuró pidió prestado algún cordero sin avisar al patrón.
Vive a su manera y está convencido que jamás abandonará su condición. Sigue guardando su dinero en su grueso abrigo de invierno. Lo curioso es que ahora hay cuatro bolsillos donde guardar. Se ha sumado una ilusión a cumplir.
Fernández es sencillo y no se confunde. Acepta su pobreza eterna.
Ha trabajado toda su vida. Todos los días del año sale a gritar por las calles. Más de medio siglo comerciando lo simple.
Más de medio siglo venciendo día a día su propia existencia.
Más de medio siglo negándose a la caridad.
Federico Marotta