CUESTION DE CAMISETAS

 

                        Los irlandeses coreaban con felicidad el “going home, Inglaterra está yendo a casa”, cuando sus vecinos quedaban eliminados del Mundial. A un amable alemán, en su negocio, le compré un pan de su país. Estaba “muy bueno el pan alemán” y me replicó con una sonrisa: “del sur, pan alemán del sur”.

                        Demás está decir que, más allá del aspecto comercial, a los dueños de negocios les encanta poner el sello. Sea un sello irlandés, holandés, mexicano, italiano, argentino, árabe, indio, chino, colombiano o lo que sea. El uruguayo dueño de un restaurante pone, sin embargo, “parrilla sudamericana”.

                        Aquella noche de verano que ingresamos al Restaurante “El Gaucho”, nos enteramos enseguida que las propietarias eran dos rusas. No sólo nos confundieron como españoles, sino que también nos aclararon que el chef era italiano. Entonces miramos con intriga a la cocina y pudimos tranquilizarnos al ver al chef, quien no era otro que nuestro buen amigo mercedario al cual fuimos a visitar.

                        Es muy fácil saber en Mallorca cuando llegan los irlandeses. Cuando ves pasar a alguien de tez blanca, championes y medias, pantalón corto blanco y camiseta a rayas horizontales verde y blanca. Luego de éste pasarán otros varios más a cada rato, igualmente vestidos. Es la hora del buen negocio para los varios boliches irlandeses.

                        Camisetas de diferentes clubes a granel. Inglesas del Manchester, Liverpool. Holandesas del Ajax, alemanas del Bayern, italianas del Milan, Juventus, Inter, son las que más abundan junto con las del Celtic. De equipos españoles de Barcelona y Real Madrid. Por allá, buscando, de otros clubes, hasta de Boca. De Nacional no he visto y de Peñarol la que llevaba puesta un conductor de moto que, faltándole el respeto a las cebras, casi atropella una familia. Claro que esto del Mundial tuvo como protagonistas a las camisetas nacionales. Muchas de Ronaldinho, para colaborar con su cuenta bancaria, pero súbitamente sustituídas por las camisetas italianas, cuestión de negocios. Los ingleses también son muy camiseteros. A los argentinos se los distingue en la oscuridad. Aunque no puedas ver la albiceleste, te darás cuenta muy fácilmente. Porque, en general, les gusta hablar alto. Igual que los españoles.  Vos vas a la playa, Pepe, y si por suerte te toca medio cerca un español o un argentino, te podrás enterar de todas sus vicisitudes familiares. Y si tienen que atender el celular, ya no hablan alto, gritan.

                        Si nosotros queremos demostrarle a alguien que somos de Uruguay basta que hablemos normalmente para que nos digan que somos de Argentina. Si salimos a la calle con el termo y el mate navegamos en doble personalidad. Ostentamos con orgullo nuestras costumbres muy típicas, pero a su vez, al sentirnos presa de varias miradas interrogantes, creemos ser un foco de atención demasiado orgullosa. Entonces, más vale tomar mate en casa.

                        En fin, “Manué, po favó, dime si er Danié es de Graná o de Cai, que no me entero”.  Y nosotros tampoco. A veces es más fácil entender a un alemán que a un andaluz que pregunte por Daniel, Granada o Cádiz.

                        Esto de las camisetas, Pepe, me trae a risa. Es la identificación de tu tierra y la división del hombre. A mí no me importa ser de cualquier sitio al sur del Río Bravo. Hace algunos años un compañero de trabajo le preguntó a otro: “¿y tú de qué parte de Africa eres?”, aquel le respondió: “de Suecia”. Se lo quedaron mirando. Abriendo los brazos el negro re-preguntó: “¿es que no puede haber un sueco negro?”. Tuvo que llevarle el pasaporte.

                        Eso sí, Pepe, no me llames extranjero.

 

                        Federico Marotta