EL PIANISTA

 

Estaba pensando qué cosas te escribiría esta semana, Pepe, y no encontraba un punto en el cual apoyarme y mover la tierra.

         A veces un solo detalle basta para escribir ríos de tinta. Podía ser la foto del niño muerto que rescataron los palestinos en esta absurda nueva guerra. O los niños muertos en Bagdad en una cancha de fútbol, producto de un bombardeo. O los 29 africanos que el mar escupió cadáveres mientras intentaban llegar a una vida mejor. O las 174 puñaladas que recibió una mujer española. Algo más alentador hubiese sido tomar como punto de apoyo la cara de felicidad de un africano emigrante recibido en Andorra mientras disfrutaba del agua que salía de un grifo. Los incendios en Galicia o las repercusiones sobre Castro Rey.

         Esta anterior mañana de sábado, dispuesto a entrar por vez primera en La Cartuja de Valldemossa, mezclado entre voces de mil lugares, volví a sentir el peso de la historia.

Este convento, en sus orígenes residencia real, fue habitado desde  1399 por los monjes cartujos, hasta 1835, año de su exclaustración. Emplazado en lo alto de Valldemossa, con una torre estilo arábiga que se ve desde la distancia, uno se mete por el Carrer Uruguay, del hermoso, pequeño y típico pueblo mallorquín, que tiene vida turística propia y próspera gracias al pianista.

         En 1838-39 el convento fue el hogar de Federico Chopin. Buscaba aliviar su tuberculosis. Allí compuso, vivió su romance con la escritora francesa George Sand (realmente llamada Aurore Dupin). Dejó manuscritos que se exhiben al público. Hay notas para leer, partituras originales para ver, datos de su familia, mensajes, retratos, una reproducción de su máscara mortuoria y de su mano izquierda, la “celda” que habitó y sus pianos, el mallorquín y el Pleyel que le llegó poco tiempo antes de su partida. Por aquello de poner los dedos en las mismas teclas del maestro quise tocar una nota y no pude, el teclado estaba cubierto en plástico transparente, cuidado. La bandera polaca hace de fiel custodia de las cosas de Chopin.

         Por allá, en una sala de música, un piano de cola se exhibía imponente y majestuoso sobre una alfombra roja. Unos minutos después un pianista se presentó y dijo que interpretaría temas de Chopin, en pequeño concierto.

         La música, melancólica, te invade y te lleva, luego está el peso histórico del lugar, impregnado todo por un arte genial.

         Dicen en La Cartoixa y por todos lados que Chopin murió en 1849, a los 39 años, en París. Pero no es de creer, Pepe.

         Todavía sigo sin tener el punto de apoyo para escribirte. Pensé en garabatear unas letras sobre el pianista polaco y la mágica herencia que un hombre puede dejarle al mundo. Pero si así lo hiciera, sería el egoísta que se olvidó de los niños muertos de la guerra.

 

         Federico Marotta