DISTANCIA DISCEPOLIANA
Estando en Tetuán, Marruecos, escuchó Discépolo uno de sus tangos, que se emitía desde un viejo gramófono en el barrio morisco de los mercaderes. Un anciano comerciante sefaradí comenzó a cantar la letra de Yira Yira y el poeta popular, que curioseaba en la tienda de mercado, comprendió que tan sólo con ese detalle todos sus desvelos estaban bien compensados. Emocionado hasta las lágrimas se marchó sin presentarse … “cuando rajés los tamangos, buscando ese mango, que te haga morfar”.
Estando frente al piano de Chopin, en el bello pueblo mallorquín llamado Valldemossa, Discépolo, conmovido en la solitaria habitación del convento, toqueteó nervioso algunas notas, en el mismo piano del maestro. Esas notas daban forma a lo que luego sería una de sus creaciones, “Canción desesperada”, imaginando la locura creativa del polaco en su muerte anunciada.
Estando en Córdoba, en donde visitaba un amigo tuberculoso, una pareja también enferma de lo mismo incitó el pensamiento del creador tanguero. Tristeza de la situación, deseo de ocultar la enfermedad entre ellos, de aturdirse para olvidar, del mal que no tiene remedio, de todo ello nace la idea de “Esta noche me emborracho”.
Estando en Santiago de Chile, Discépolo conoció a Sucre, un hombre enamorado de una bella mujer muda y loca, que poco tiempo después fue devuelta muerta por el mar. De esta triste historia hay un recuerdo íntimo ligado al nacimiento de “Carillón de la Merced”.
Estando en San José, en Uruguay, en un día de lluvia, Discépolo compuso su primer tango, “Bizcochito”.
Estando en Sevilla, España, Discépolo compuso los primeros compases de una zamba, la primera que creaba, “Cascabel prisionero”. Los recuerdos lo empujaban y de esa manera se sentía más cerca de su tierra.
Suele suceder que la lejanía hace brotar la creatividad. A veces se da un enfoque distinto a lo que vivimos cuando pasamos diez o quince días lejos de casa y del entorno cotidiano. Se refrescan valores, se despierta la idea y renace el hombre, envuelto en nostalgia.
Una semana más tarde, un zapatero marroquí remendaba en su trabajo y tarareaba un tango. Discepolín también lo escuchó y tampoco se presentó. A miles de kilómetros de su tierra, sin público ni aplausos, recibía su premio, “porque los pueblos no engañan nunca y devuelven como la tierra un millón de flores por una semilla seca”. El poeta popular veía recompensadas sus horas creativas, sus buenos y malos momentos, su lealtad a su sufrida gente… “mi pueblo me ha devuelto exageradamente la ternura que le di, sin esperar su premio…”
Cosas de la distancia, Pepe, cosas de poca importancia.
Federico Marotta