ALFREDO

 

La última vez que nos vimos me abrazó llorando. Fue una despedida que no intuí.

A los pocos días murió mientras trabajaba. Estaba en una cantera y nunca llegué a saber a ciencia cierta las causas.

En vida transitó mil kilómetros y mil más. Y cuando se cansaba de recorrerlos los volvía a transitar mil kilómetros más y luego otros mil. El camino que lo vio en vida también lo despidió en su último viaje.

Su existencia pasó ligada a un camión. En él dormía, con él trabajaba y seguramente hasta hablaría con él en la soledad del camino.

Algunas veces, como aventura, viajé con él. Y otras veces lo vuelvo a hacer.

Era un hombre normal. Se ganó la vida trabajando. Forjó su familia trabajando. Suerte la de saber que fue feliz en casa y en el camino.

Una vez lo vi toda la tarde con la mirada perdida. Al día siguiente le emparchaban el corazón. Sus días de hospital.

Después siguió siendo feliz y auténtico. Sencillo, normal.

Los sábados de noche amigos, asado y claro, un buen vino. El vino le hacía mal a sus parches, pero lo hacía feliz. No dudó en optar por ser feliz.

Tuvo tres crías aunque buscaba siempre a Francisco, para llamarlo igual que al abuelo. Panchito nunca llegó.

Quería al rojo y en el 80 nos abrazamos en la cancha. Tenía una camiseta por la cual había luchado en cien batallas. Tenía la cabeza calva, el cuerpo ancho y un día me regaló su bicicleta.

Los asados de domingo los hacía él, cuando la abuela todavía vivía.

Un tiempo trabajó en una fábrica y yo lo acompañaba en el descanso, pero fue un tiempo, nada más.

Claro, fue él quien me enseñó a manejar y alguna vez me fue a ver jugar con su misma camiseta roja de las cien batallas.

En realidad no tengo mucho más para decir porque era sencillo, normal. Era trabajador y disfrutaba de lo cotidiano, de sus pequeñas cosas o de una mesa compartida al mediodía.

Yo, para ir a mi casa pasaba por su casa y si el camión estaba “está”.

Era como un padrino, qué se yo. O como el tío que siempre uno quiere tener, que cuando le regalabas algo, al día siguiente te regalaba él.

Pero la última vez que lo vi me abrazó llorando. Más de un minuto largo de un sábado a la noche. Yo le dije “tranquilo, estoy bien”. Y él se fue sin decir nada. Yo no sabía que se estaba despidiendo.

Pero cada tanto sigo viajando con él.