A dedo en la ruta

UN VIAJE HASTA BOLIVIA

 

Por 1985 surgió la idea y por 1986 la pudimos llevar a cabo. Simplemente salir a caminar por un pedazo de América Latina. En principio me sentía satisfecho si llegaba a Córdoba, Argentina, desde mi Mercedes, Uruguay, natal.

Hernán Viera me prestó una mochila y el ahora Dr. David Santos me dio una bolsa llena de remedios con todas las indicaciones. Muchos me desearon suerte aunque nadie pudo acompañarme.

En aquel entonces me llevaron en mi Kawasaki 100 hasta el Puente Fray Bentos-Puerto Unzué. Uno de los administrativos del puente me encontró rápidamente una pareja argentina dispuesta a llevarme hasta Gualeguaychú. La cosa comenzaba a salir bien. No recuerdo el auto, sólo que era pequeño. La pareja me dejo un poco más allá de Gualeguaychú, en la intersección de la ruta principal que conduce a Buenos Aires con la que va a Paraná y Santa Fé. En un almacén rural compré un litro de leche y luego volví a cruzar la ruta. Al cabo de una media hora comencé a caminar y muy pronto paró un auto entonces muy moderno, marca Renault. Dijo que iba hasta Gualeguay y así fuimos conversando el trayecto. Era un hombre delegado sindical peronista que andaba de reunión en reunión. Me comentó que tenía una prevista en Gualeguay, pero de noche seguiría rumbo a Paraná, que podía esperarlo.

Aguardamos la tarde en un parque de la ciudad que da sobre un río y a la hora señalada fui a esperarlo. Llegó puntual, me invitó a comer en un carrito callejero y me presentó a un par de amigos que irían con nosotros hasta Paraná. Pero al salir de la ciudad pararon en un bar y se demoraron un par de horas, las que aguardé en el Renault, entre durmiendo y escuchando radio. Luego sí, seguimos hasta Paraná y tuvo la gentileza de llevarme hasta la cabecera del puente fluvial Paraná-Santa Fé.

Este delegado sindical veraneaba en Punta del Este y disfrutaba de otras cosas que un trabajador común no podía aspirar. Conocía entonces yo de primera mano las bondades de un delegado sindical provincial de Argentina.

En la cabecera del puente sub-fluvial me atendieron los funcionarios. Luego de preguntarme mi destino me invitaron a comer pescado que estaban fritando y un poco de vino. Compartí con ellos esa comida de avanzada la noche. Uno de ellos, no puedo asegurar si homosexual en serio o en broma, no dejaba de invitarme a pasar la noche en su casa, tema del cual disfrutaban todos.

Lo cierto que veía pasar autos y camionetas por doquier. Pero los funcionarios me dijeron que la mayoría sólo cruzaba el puente, que me serviría un camión que fuera más allá de Santa Fé.

Casi en la madrugada me gritaron, haciéndome señas de un camión grande. Me despedí agradeciéndoles y subí para compartir muchos kilómetros con un chofer brasileño. Se hizo largo este tramo, pues recuerdo mucha aridez cruzando Santa Fé, paisaje que fue cambiando al llegar a Córdoba. El brasileño paró a almorzar y me invitó a comer. Previamente le di unas pastillas para calmarle el dolor de muelas. Las pastillas funcionaron. Al llegar a Villa María, ya en Córdoba, el brasileño me dijo que debía decidirme entre bajarme allí o seguir con él hasta Mendoza. El iba a Chile, pero me advirtió que no le estaba permitido cruzar la frontera con alguien más. Decidí bajarme allí.

La fortuna seguía de mi lado. Después de darle algunas pastillas más para el dolor de muelas me despedí del brasileño. El camión siguió su marcha y luego comencé a caminar. No pasaron 50 metros cuando paró un auto que iba hasta Córdoba.

En poco más de 24 horas ya estaría en mi destino inicial. Me había costado un litro de leche y dos manzanas llegar hasta allí. Por lo tanto decidí quedarme en Córdoba capital unos ocho días para conocerla.

Instalado en un hostal conocí a su dueño viajero que planeaba una excursión hasta Manaos, invitación que tuve que desechar por motivos económicos.

En Córdoba estuve un par de días en la Biblioteca Nacional (creo que ese es su nombre), buscando en los archivos de mapas. Fotocopié muchos mapas para mandárselos a mi padre, que en aquel entonces seguía estudiando e investigando sobre la fundación de Villa Santo Domingo Soriano en 1624. Incluso me permitieron el acceso a un libro grande y antiguo, que lo tenía a él con la incógnita. Pero no había en ese libro datos importantes, por lo tanto enigma resuelto.

Envié a Mercedes, Uruguay, las fotocopias de los mapas, que eran varias, y me dediqué entonces a caminar y recorrer Córdoba.

Por una cuestión higiénica y para contrarrestar los efectos de una prematura calvicie, decidí raparme.

Luego de esos ocho o nueve días me fui de Córdoba caminando, buscando el norte. Caminé bastante hasta salir de la ciudad. Paró un auto y me llevó hasta Jesús María. Un paisaje muy hermoso, el lugar del festival de folklore y recuerdo un lago, parecía que artificial, en la localidad.

En este 2006 no recuerdo a partir de ahora más detalles cordobeses, salvo sus preciosos paisajes. Pero seguí subiendo al norte.

Santiago del Estero, Catamarca. Al llegar a Tucumán decidí quedarme otros cuantos días. En otro hostal estuve y caminé esta hermosa ciudad de gran valor histórico para Argentina. Accedí a buscar otros mapas de Villa Soriano, pero en Tucumán no encontré gran cosa.

Sí recuerdo desayunar en un pequeño bar cuyo dueño era muy fanático de San Martín, equipo de fútbol local. Mi desayuno se basaba en leche, blanca y sin azúcar.

Al entrar a Salta uno se da cuenta que no es bueno andar haciendo dedo. En la montaña no es bueno andar, pues si llega la noche hace mucho frío y es posible ser blanco perfecto para alguno que quiera andar robando. Esos fueron los consejos recibidos y aceptados. Entonces decidí viajar en tren hasta la frontera con Bolivia.

Caminando Salta encontré en una plaza un grupo de muchachos que estaban sentados en un banco. Entrando en conversación les pregunté si eran bolivianos, pues sus rasgos eran típicos. La pregunta iría relacionada luego a saber qué estaban haciendo por allí. Recuerdo perfectamente sus exclamaciones de rechazo, queriendo dejar bien marcado que eran argentinos. Como que no querían saber nada de los otros, aún a sabiendas que sólo los podía diferenciar el lugar de nacimiento, pues sus facciones eran iguales.

En el tren conocí a un muchacho boliviano que iba hasta La Paz y entonces me informé de varias cosas relacionadas con Bolivia. Llevaba unos regalos para su familia y tuvo que conversar bastante, metiendo mano en los bolsillos, para pasar tranquilamente.

Recuerdo perfectamente el sabor exquisito de unas empanadas que nos vendieron en una parada del tren. No recuerdo en que pueblo o estación fue. Pero estaba riquísimas. Las mujeres que las vendían se acercaban a las ventanillas del tren y así vendían.

Luego de pasar por Jujuy llegamos a La Quiaca, frontera con Bolivia. Nos despedimos con el boliviano, no recuerdo su nombre y entonces comencé a caminar rumbo a la frontera, con ánimo de entrar y pasar la noche en Villazón, Bolivia.

Pero habíamos ido ascendiendo y cuando uno va sentado no se da cuenta de que ha llegado a una altura de más de 3.500 metros. Entonces comprendí los efectos de la altura, tan opinables, tan discutibles.

En propia experiencia descubrí que en mí, la altura me alteraba. Caminaba unos pocos metros y debía parar. Sentía el corazón más oprimido y a decir verdad un poco de miedo. Tranquilamente fui caminando hasta la frontera, pasé a Villazón y me dirigí a un hostal de aspecto muy humilde a pasar la noche.

La habitación estaba en un primer piso y cuando subí las escaleras abiertas me di cuenta una vez más de los efectos de la altura. Ahí comprendí a los jugadores de fútbol. La sensación de que te falta el aire.

Pero me dijeron que me tranquilizara, que con el paso de las horas me iría adaptando. Me ofrecieron masticar coca, pero no me atreví. Entre los efectos estaría el sentir la boca como hinchada por mi falta de costumbre. Pasé esa primer noche en la altura con un ojo abierto, con cierta sensación de temor.

A la mañana siguiente recorrí Villazón, un pueblo pobre de calles de tierra y el mayor recuerdo es presenciar una fila india larguísima de bolivianos con bolsos en las espaldas, evitando el paso fronterizo custodiado, pero cargando harina como contrabando.

Además el paso de los lugareños en la frontera es muy normal. Se ven pasar de aquí para allá, pero el ojo de los policías que custodiaban estaba muy adiestrado. Cada tanto paraban a uno u otro, les mandaban abrirse los abrigos y les hacían señas de que no pasaban. Los mandaban para atrás. Así varios, hasta que descubrí que la intención era contrabandear buzos de alpaca, los cuales llevaban puestos.

Las opciones para seguir no eran muchas. A dedo en Bolivia es imposible andar. La montaña no te lo permite. Quizás sí en el llano, en los entornos de Santa Cruz, pero en la montaña no.

Mirando el mapa decidí adentrarme un poco en Potosí y con destino luego en la ciudad de Tarija.

Calculando la distancia en el mapa pensé que llegar hasta Tarija le demandaría al ómnibus alrededor de una hora. Pero mi inexperiencia estaba presente.

Cuando llegó el ómnibus a la estación comencé a darme cuenta. De esos estilo película con bacas sobre el techo para poner los bolsos y valijas.

Todo el pasaje tenía aspecto claramente boliviano. Las cholitas con sus faldones clásicos, el lenguaje quechua o aymará. Gente transportando gallinas en jaulas. Niños llorando y el pedido desde el fondo: “haga callar su guagua”.

Me tocó sobre la ventanilla y mi compañera de viaje una mujer, auténtica chola boliviana, auténtica faz indígena. A poco de ponerse en marcha comenzó a pasarse la mano por delante, como si estuviera rezando. Luego comprendí que sí estaba rezando y más adelante me di cuenta porqué.

Cruces en el camino marcaban lugares de accidente y muerte. La carretera comenzaba a angostarse y la montaña se nos venía encima. Más allá en el camino, que era de tierra, el valle estaba cada vez más abajo. Y el borde de la ruta era el precipicio, no había defensa alguna. A medida que avanzábamos más altura y más precipicio.

Comprendí los rezos de la compañera de viaje, la cual no me dirigió la palabra en todo el trayecto.

Era un camino montañoso, de tierra, en zona húmeda. Cuando otro vehículo se nos venía de frente había que marchar muy, pero muy despacio y uno de los dos paraba para que el otro hiciera la maniobra de pasar. Nuestro ómnibus varias veces tuvo que recostarse más contra el precipicio y desde el vidrio de mi ventanilla no podía ver el camino, sólo el precipicio. ¡Claro que me daba miedo!

Mientras daban una curva los vehículos hacían sonar sus bocinas. Aburrido, me puse un pequeño auricular en la oreja para escuchar la pequeña radio con la que andaba. La estación de radio sintonizada comunicaba a fulano o mengano en tal aldea de tal valle que hacía 14 días había fallecido un pariente de tal otra comunidad. Varios mensajes así.

Y ese fue el “paseo” hasta Tarija. El lento andar en la montaña de un ómnibus que demoró 10 horas en llegar a destino. Mis cálculos originales, simplemente viendo el mapa, me hicieron aventurar algo más de 60 minutos.

El chofer mascaba coca, como lo hacen la mayoría. Mastican la planta, que se vende en los almacenes como si fuera cualquier otra verdura. Lo más natural.

Las sorpresas no paraban. En un momento el ómnibus paró, el chofer se dio media vuelta y algo gritó en quechua. Comenzaron a bajarse todos y obviamente también tuve que hacerlo. El camino, de tierra roja, estaba barroso. Además había comenzado a “llover” humedad. Mientras el “guarda” ponía grandes piedras delante de las ruedas del ómnibus, nosotros, los pasajeros, teníamos que empujar. Y así lo hicimos un buen y largo rato.

Vuelta a la normalidad de viaje seguimos metiéndonos en la montaña. Hasta que llegamos a Tarija, después de un par de horas de haberla visto por primera vez desde lo alto.

En Tarija debía quedarme algunos cuantos días para reponerme de este viaje montañesco bastante aterrador. Me anoté en un lugar muy, pero muy humilde, para dormir. Una pieza para mí solo, eso sí.

Entonces al día siguiente comencé a caminar Tarija. Pueblo de muchos miles de habitantes. Calles y aspecto humilde, al estilo boliviano. Fui a un banco a cambiar dinero. Recuerdo la extrañeza del funcionario bancario al percatarse de la visita de un uruguayo y preguntó si iba a quedarme.

Fui a un cine, ya ni recuerdo cual fue la película. Lo que sí me quedó marcada como toda una postal el hecho que todos los bolivianos estaban de gorro en el cine. Esos clásicos gorros de verano.

Visité una feria, bastante grande. Mucha artesanía indígena, comidas y recuerdo un hombre ofreciendo un espectáculo con una boa alrededor de su pescuezo.

En esa feria y en otras calles mujeres vendiendo pan o empanadas y un bar al que acudía a tomarme alguna que otra cerveza. Admito, la entonces buena fama de la cerveza boliviana. “La Paceña” era, quizás lo siga siendo, una excelente cerveza.

Una especie de rambla muy pobre que daba a un riacho permanecen en mi memoria. Un polideportivo moderno, comparándolo con el resto de la ciudad y unos cuantos afiches pues pronto llegarían a la ciudad unos ídolos musicales: “Los Iracundos” de Uruguay, de reconocida fama y realmente muy queridos en los países del altiplano.

Iba a comer a una especie de mercado, una edificación pobre, pero muy grande y concurrida. Mercado de ropa y artesanías y la zona donde daban de comer estaba en el centro de la edificación y los lugares para comer se dividían con paredes de un metro de altura más o menos. Uno elige el lugar donde quiere comer y simplemente se sienta. Pronto le ponían a uno un plato delante. El menú era el mismo para todos los que se sentaban en esa mesa grande, podía cambiar de acuerdo al “local” que uno elegía. La alternativa podía ser para tomar. Recuerdo pedir un “refresco” local, el cual no pude beberlo por lo amargo. Pero las comidas, tan picantes como exquisitas, realmente.

Después de estar muchos días en Tarija, caminándola y conversando con su gente, decidí marcharme de esta ciudad con calles pobres y a veces atravesada por camionetas tan modernas que yo nunca había visto en Uruguay, por ejemplo. Un contraste notable.

Mi aventura por la montaña estaba terminada por dos circunstancias: el miedo a volver a andar de manera tan aventurera en la altura y la escasez de dinero. Por eso decidimos el regreso. La aventura ya había valido la pena. Pero otras penas llegarían.

Decidí dejar Tarija rumbo al sur para volver a Salta, en Argentina. Pero esta vez por Orán, evitando así el regreso por el camino anterior. Fue en ómnibus y de cualquier manera hubo montaña y precipicios. A las cinco horas de viaje el ómnibus hizo su parada “habitual”. Estábamos en plena montaña, según lo que escuché conversar a otros a casi 4.000 metros de altura.

La “parada” era una casa, especie de bar y algo para comer. Pero el paisaje de la montaña era realmente impresionante y hermoso. Me senté para contemplarlo y era fascinante.

Luego de largos minutos me dirigí al “bar” a pedir una “coca cola”. Mi despiste era perfecto. Por eso tardé algunos segundos en traducir la cara del barman, que no abrió la boca. Pensé que sólo yo podría pedir una coca cola a 4.000 metros de altura en medio de la montaña, en donde tampoco había electricidad. Imaginarse el “camión del reparto” llegando hasta allí me hizo volver a la realidad.

Acepté lo que me ofrecieron. Un “refresco” que estaba a temperatura natural, que era de color oscuro y amargo, que comencé a beber poco a poco. Sentado en una mesa, con los compañeros de viaje mayoría indígenas alrededor, se me acercó un muchacho chileno. Dijo que estaba solo y como veía la posibilidad de entendernos, de acuerdo a nuestros rasgos, fue que decidimos hablar. Era un chileno de regreso a su país que decía ganarse la vida en un conjunto de música mariachi en Santa Cruz de la Sierra.

Llegando a Aguas Blancas, en la frontera, la historia de la montaña había terminado. Pero comenzó otra. Nada más comenzar a entrar al pueblo el ómnibus paró, se bajó un hombre y a los pocos minutos subió con un par de policías.

El ómnibus continuó su marcha hasta destino. Nos bajamos todos y la policía me detiene. También al chileno, que venía en asientos posteriores.

Las cosas se complicaban. Los policías detuvieron una camioneta pick-up, nos hicieron subir detrás y ellos delante. Con el chileno no entendíamos nada y esas iban a ser nuestras últimas palabras, pues poco después nos separarían. Al llegar a la comisaría nos bajamos y sucedió lo más curioso que conocía en materia de detenciones policiales.

La camioneta era un taxi y el transporte tuvimos que pagarlo a medias con el chileno. Nunca visto. Pagando el taxi de nuestra propia detención.

El aspecto de la comisaría era bastante lamentable. Ni bien entramos el chileno fue para un lado y no lo ví más. A mí me mandaron esperar en el patio. Conocí entonces las caras más sorprendentes detrás de unas rejas. Unas caras que ni en película. El miedo de la montaña era poco ante el miedo de tener que compartir una celda con esos tres o cuatro hombres encerrados.

Me llevaron entonces a la oficina. Me pidieron que les abriera la mochila, que les fuera mostrando todo despacio y sin apuro. Que sacara cosas de los bolsillos, revisaron los caños de la mochila y hasta me pidieron sacarme mi camiseta y mi pantalón. Todo despacio y con corrección. No encontraban lo que buscaban.

Pregunté y me dijeron que el hombre del ómnibus nos acusaba del robo de 2.000 dólares al chileno y a mí. Y que en el alto en la montaña habíamos planeado todo. Una absoluta mentira, una jugada de estrategia, supongo yo por si le salía. Pero conmigo contaban con muy pocos dólares, los justos como para volver.

Me mandaron de vuelta al patio, a esperar al comisario, quien llegó como a las dos horas. De vuelta algo similar, volver a mostrar mis pertenencias, preguntarme cosas.

Cuando se me presentó la oportunidad ataqué, pidiendo hablar con el consulado uruguayo, que vaya a saber que número de teléfono tendría y dónde estaría, porque seguro que en Aguas Blancas no habría. Manifesté que era un turista, que había ido a conocer Bolivia y que no había robado nada.

Mi acusador, presente ya, no sabía que decir. El comisario, juez ya a ese momento de la situación, le hizo cara al acusador y me mandó de vuelta al patio.

Al rato me llamaron para preguntarme por mi dinero, que habían visto muy poco sacar de mi bolsillo. Entonces le enseñé al comisario un “bolsillo” en la parte baja e interna del pantalón, saqué el poco dinero que llevaba y se lo mostré. Que era todo cuanto tenía, que aunque quisiera, no iba a encontrarme nada más. Que eso lo hacía como seguridad.

El comisario decidió dejarme en libertad.

Caminé a paso rápido la calle, pregunté para cruzar la frontera que era un río bastante ancho. Estaba a punto de llegar a esas embarcaciones que transportan gente cuando dos policías volvían por mi.

De vuelta a comisaría, esta vez a pie.

Nuevamente las preguntas del comisario y sin más, debió dejarme libre al rato. Volví a  la frontera, pagué el cruce en los mencionados botes con toldo y más allá de la mitad del río comencé a sentir sensación de alivio. Cuando toqué tierra argentina respiré aliviado. Estaba en Orán y mi camino sería para el sur. Salta, el Chaco, Corrientes, Entre Ríos, hasta volver a Mercedes, Uruguay.

Argentina me había enseñado la belleza de las sierras cordobesas, la suerte que tuve en conseguir quienes me transportaran, las empanadas del norte y la tranquilidad de poder visitarla.

Bolivia me había enseñado su impresionante belleza altiplana, las costumbres de su gente indígena, el escuchar el quechua y el aymará, su comida picante exquisita y su cerveza, sus buzos de alpaca ya que compré y también los miedos de la montaña y de algunas rejas.

Algún día quisiera volver, porque jamás he olvidado los aprendizajes de esta aventura.