OBRERO Y ESCOLAR
(El viejo ómnibus de los papeleros)
A la hora señalada comenzaban a verse en el barrio las túnicas blancas de la escuela. Emergían desde todos los sitios para congregarse en “La Esquina”, lugar estratégico del Barrio Pamer, desde donde partían caminos en cuatro direcciones. Es así que, desde esos cuatro costados, las moñas azules venían caminando para encontrarse todos en “lo Pastore”, el viejo bar repleto de telarañas en el techo, adorno supremo.
Algunos se adelantaban a la hora para jugar a la bolita, demostrando habilidades natas en el arte de este juego y llevándose, por supuesto, las mejores, luego de previas apuestas a bastante discusión. Todo un arte, desde el primer momento de pisar fuerte una bolita para hacer el hoyo y gritar primero las clásicas frases del juego o mediciones con las manos. Por otro costado, otros dejaban ver las “figuritas” de los álbumes del momento. Habilidad notoria para ir pasando las figuritas de mano en mano, mientras el otro rápidamente decía: “la tengo, la tengo, la tengo, no la tengo”. Entonces había que ver por cual cambiarla, para llegar al trato justo.
Mientras tanto quien sabe qué hablarían las niñas, varias de ellas expertas en la confección de pomposos anillos con hojas finas de palmeras, las cuales eran cortadas en cuatro con el filo de las uñas y entrelazadas luego con gran destreza. De repente el más pendiente gritaba: “allá viene”, señalando el viejo ómnibus sindical papelero que doblaba a su izquierda, pasando por el puentecito de la cañada.
De vez en cuando un grito: “¡apurate!”, para avisar a algún retrasado de la presencia del transporte escolar.
Eran finales de los 60 y también comienzos de los 70. Generalmente conducía Donatti. Rostro serio, como para no dar pie a actitudes de bandidos. Ubicado en la “caseta” del ómnibus, separada ésta del resto del pasaje, salvo una ventanita que a veces abríamos para darle algún aviso: “falta fulano”. El ómnibus tenía ese lugar para el chofer solo en un costado, al viejo estilo inglés, a la derecha, claro. Al fondo se ponía para la ocasión un cerramiento de madera, para evitar que los niños pasaran al pasillo trasero, que daba a una puerta de salida siempre abierta. Por alguna esporádica ocasión, cuando la situación lo requería, el chofer se bajaba de su sitio, abría la puerta delantera del ómnibus y tan sólo eso bastaba para que todos volvieran a ser buenos niños con caras de angelitos.
Desde la Pamer hasta la Escuela 1. Con las típicas actitudes de alboroto de niños que vivían el transporte como una aventura. Donde había que subir primero para ir eligiendo los mejores lugares, o aquellos sitios que hacían volar la imaginación.
Al regreso cosas parecidas. Bajar la escalera de la Escuela, girar apenas a la derecha para encontrarse siempre el ómnibus estacionado que nos llevaría de regreso al barrio. Algún escolar de ciudad, en ocasiones, cubría su curiosidad y se subía al viejo ómnibus, perdiéndose luego en trayectos no conocidos, alarmando a sus padres, pero satisfaciendo su ansia de aventurero.
Todo el año, todos los años. Casi siempre Donatti, nuestro referente, el hombre de confianza de nuestras familias en el peso de una gran responsabilidad. Incluso en días de lluvia, días de invierno. O días de creciente, donde había que saber si se podía “pasar” la cañada o había que dar la vuelta larga e ingresar por la Ruta 14. Más aventura todavía.
El destino de regreso volvía a ser “La Esquina”. Allí donde el viejo ómnibus giraba pesadamente para concluir su noble misión… una de sus nobles misiones.
Cada ocho horas los obreros papeleros iban y venían de la fábrica. Todos los días. En el intervalo de la tarde el pasaje obrero pasaba a ser escolar. Con el paso de los años los uniformes blancos de moñas azules se transformaron en liceales del Campos.
Un buen día nació la 110, en un pequeñito y alargado salón que la Fábrica papelera destinó para la ocasión. Mientras tanto comenzaba la construcción de la nueva Escuela, donde hoy está.