LOS VIVOS DEL PUEBLO
Algo así como el año 92 (o 93, no me acuerdo), por algún lugar cerca de Palmitas.
Estimado Pepe:
En alguna escuela. Un domingo, durante todo el día, beneficio con campeonato de fútbol incluido.
El amateur equipo de amigos, de camiseta negra, recibía por entonces invitaciones para este tipo de colaboraciones. A los muchachos les encantaba jugar al fútbol y habían logrado formar un equipo de esos que se entienden en la cancha a base de ir jugando casi todos los fines de semana, por aquí o por allá.
Un amable señor organizador contactó por teléfono y fue así que se generó el compromiso.
Por lo tanto, a la mañana temprano de domingo, todos a la caja del camión. Vehículo ya viejecito y de andares lentos, rumbo a la ruta y luego por caminos vecinales hasta encontrar una escuela y junto a ella un campo de fútbol surgido de un espacio verde abierto, con algún alambrado separando territorios, algunos árboles generadores de fresca sombra y otros animales pastando indiferentes más allá.
El movimiento vecinal y de padres animaba la mañana. Los preparativos para el beneficio escolar ya se habían puesto en marcha y tan sólo con ver los corderos abiertos destinados a futuras brasas, se disparó el hambre. “Es acá”, dijeron varios. Quien sabe si la afirmación provino de las ganas de jugar al fútbol o de los corderos.
“¿Ustedes de dónde son?”, pregunta recibida y luego nuestra respuesta. Se nos dio la bienvenida, se nos ofrecería almuerzo al estilo campestre y se nos dijo que prontamente harían un sorteo para organizar el campeonato.
Los camisetas negras jugaron un primer partido bastante bueno. Victoria y a esperar. Almuerzo con el sol cayendo en vertical, una pausa y a disputar el segundo compromiso. Partidos de cancha grande, once contra once.
Cierta pesadez producto de los corderos y el riego correspondiente (a costo de cada uno, por supuesto), la influencia solar, el cansancio de deportistas amateurs y que el equipo contrario jugó mejor, determinaron la derrota mínima, pero sin atenuantes, en el segundo compromiso.
La jornada escolar continuaba su rumbo. La cantina marchando bien y haciendo caja. Entonces apareció la vieja y clásica rifa del momento. Una hoja de cuaderno, unos números a la izquierda y como título algo así como: “Rifa de un cordero a beneficio de la escuela…”.
Esperando por un tercer partido el largo día seguía mostrando sus efectos. Sed producto del calor y cuando darse cuenta se pudo, resultó que los muchachos del equipo de camiseta negra se habían comprado más del 90% de la rifa. Llevarse un corderito a casa no era, a fin de cuentas, un mal premio.
Más tarde pasó sin ninguna historia el tercer partido, cuya única finalidad fue alargar el torneo-beneficio. Casi arrastrando las piernas por la pesada y seca cancha escolar, de arcos construidos con largos palos robados a vaya saber que árboles.
Las horas habían ido pasando, el cansancio disfrutando su holgada victoria y luego de una pausa para descansar y reponer líquidos, programamos el regreso en el viejo camión.
Entonces los muchachos comenzaron a preguntar cuándo se haría la rifa. “Enseguida”, les contestaron, “…que la maestra está ocupada”.
Al poco rato el agotador día reclamaba el regreso. Algunos apuraban a los otros, los otros preguntaban por la rifa.
“Vayan nomás, que si la sacan ustedes, les avisamos…”
Lento regreso, llegada a casa y a comentar en la noche las andanzas del equipo.
El lunes, el amable señor organizador volvió a llamarnos por teléfono. Quería confirmar si asistiríamos a su campeonato escolar el siguiente domingo.
“¿Cómo?, ¿no era ayer?”
Pues no. Equivocados de campeonato, equivocados de domingo, equivocados de escuela rural. Increíbles coincidencias, por otra parte.
Eso sí, de la rifa… ni noticias.