LAS REJAS DE BERMEJO
Bermejo, Tarija
Abril 1986
Estimado Pepe:
El bus nuevamente, pero esta vez con destino en Bermejo, otra frontera boliviana-argentina.
Atrás ya quedaban las vivencias en Tarija, ciudad donde la pobreza quedaba en evidencia, tanto como los modernísimos vehículos que circulaban por sus calles. La viva imagen de la ausencia de clase media en un pueblo tranquilo, con su diseño clásico de plaza con gobierno, iglesia, banco y cercano gimnasio deportivo que anunciaba la próxima presentación de iracundos músicos.
Los jóvenes suelen ir de gorros, aún en la noche. Las tardes transcurren con parsimonia y el calor invita a paceñas cervezas tan deliciosas como su fama predecesora lo indicaban. Esta sed, motivada por comidas típicas muy ricas y picantes o por panes artesanales vendidos en la vereda por cholas del lugar. Mercados de pueblo con montones de cosas para elegir, quizás verdaderos o falsos, tan modernos como estancada en el tiempo parecía estar la ciudad. Una enorme víbora en hombros de un artista callejero y el ruido clásico de una muchedumbre quechua y castellano parlante.
Pero había que volver. De Tarija capital rumbo a Bermejo, en la frontera, donde había muchísima humedad y la llovizna hace de las calles de tierras rojas un fangal. Epoca de lluvias.
Apareció entonces el mal viviente del camino. Lo que creía una ocasión. Acusar un viajero del bus del robo de unos cuantos dólares.
Yendo para el río y dispuestos a navegar en pequeñas embarcaciones comerciales y a tal fin hasta Aguas Blancas, Salta, llegó la policía para detener. Pararon una camioneta, abierta atrás y todos a la caja. Al llegar a la comisaría lo impensable. El detenido obligado a pagar al taxi-camioneta el “feliz” viaje de la detención.
La comisaría era muy precaria. Un oficial revisó cuidadosamente todo, hasta los caños de la mochila. El acusador seguía acusando y el defendido defendiéndose. El dinero citado no aparecía, lógico era al no existir. Había que esperar al comisario.
Al sol de la tarde, sentado en el suelo en un patio bastante grande, junto a las jaulas con presos. Asustadiza pinta tenían quienes se aferraban desde dentro a los barrotes, aunque ningún comentario dijeran.
El comisario repitió actuación y comprobó igual resultado. El dinero sólo existía en la imaginación picaresca del mal viviente de ocasión. A la calle, entonces. Caminando rápidamente a la zona del río donde partían las pequeñas embarcaciones.
Casi al llegar a ellas otra vez la policía. Esta vez no hubo que pagar taxi camioneta, se podía ir caminando.
Reiterativa situación con el comisario y el acusador. Luego de mayor encendida defensa y reclamando derechos, otra vez a la calle. Caminando más rápidamente todavía y ahora sí llegaba la paz interior en medio de las rojizas aguas del Río Bermejo, bajo los techitos de la pequeña embarcación. La aventura altiplana tocaba fin. Con un poco de susto, como no. Pero igual con ganas de volver.