CARTA DESDE VILLAZON
¿KUTIMUNKICHU?
Villazón, Potosí
Marzo del 86
Estimado Pepe:
En la frontera argentino-boliviana falta el aire. A más de 3.500 metros de altura caminar unos cuantos pasos y detenerse para recuperarse es lo normal. Dicen que la altura afecta de manera diferente. La falta de oxígeno dispara las alertas y nace el temor, con miedo incluso hasta para dormir.
Imposible viajar a dedo en la cordillera jujeña. No sólo la soledad, también el frío de la noche o el peligro de algún robo. Por obligación en bus o tren, hasta Bolivia.
Villazón es un pueblo pobre, de calles de tierra, de aspecto estancado en el tiempo. Pasar de La Quiaca a Villazón es un paso, una frontera que divide dos pueblos unidos. Y en ambas se encoge el corazón al realizar el esfuerzo de subir unos pocos escalones. Pero con el paso de las horas pasará, dicen los lugareños. Y si lo prefieres, mastica coca, que se vende en los humildes almacenes, ofrecida en cajones como si de cualquier otra verdura se tratara. Claro que después la boca sentirás como hinchada.
Una larga fila de personas se observa a la distancia. En sus espaldas cargando harina, van caminando a metros no tan lejanos del paso de frontera donde están las autoridades. Larga fila india que parece interminable.
El paisaje es cordillerano, claro. Casas pobres, poquísimos vehículos, algún hostal y un comercio con parada de algún bus. Más allá un gran local de comercios estilo feria. Local cerrado y con diversos puestos de venta de comidas al centro, divididos con paredes bajas. Basta elegir uno de esos puestos, sentarse en mesas largas comunes y sin mediar palabra recibes el plato único que elabora ese puesto. Para beber algo típico del lugar. Un refresco color cola, casi al natural, de sabor amargo. Hay que beberlo igual porque la comida es picante, pero deliciosa.
Mientras tanto, en el paso de frontera, vienen y van personas entre Argentina y Bolivia. Los policías los ven venir. Algunos pasan sin necesidad siquiera de un saludo. Otros son detenidos y casi sin comunicación, más bien con gestos, la policía de frontera pide se abran sus abrigos. Basta una mirada y luego una seña para indicarles que no pueden pasar a La Quiaca. Es el contrabando a escala menor de abrigos de alpaca.
Como un sueño alcanzado, resulta agradable escuchar hablar en quechua, o tal vez en aymará. El aspecto de la gente es típicamente del boliviano indígena. Discretamente vestido y ellas, las cholitas, con sus trenzas, sombreros característicos y faldas anchas y largas, cargando a sus guaguas.
Al paso de los días el oxígeno se recibe mejor en la tierra otrora tan rica, tan indígena, tan antiguamente rodeada de oro y plata.
Que igual sigue valiendo un Potosí.
Paqarin kama.