ESCUELA DE TODAS LAS COSAS
Calle del Fundador, al novecientos y tanto, una puerta negra de hierro abría ratos felices, sensaciones agradables y momentos diferentes en perfecta complicidad. Fue como una escuela de todas las cosas, una forma de enseñanza con osados maestros sin túnica ni pizarras, sin libros que estudiar o deberes que realizar. Una academia sin uniformes ni horarios establecidos, donde asistir quedaba a libre criterio, sin saber que asignatura podía aprenderse ese día, o esa noche. La enseñanza era aleatoria, entre el humo del cigarrillo, la fe en los sueños y una esperanza de amor.
¡Cómo olvidarte en esta queja! La perfecta mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas. Auténticos sabihondos en las más amplias asignaturas y tristemente reales suicidas. Uno aprende filosofía incluso sin saberlo, sin darse cuenta. Aprende los códigos no escritos del parroquiano auténtico. Y llega a conocer el pensamiento en oro de un puñado de amigos tan sólo con un cruce de miradas, un gesto, un saludo.
Esa herencia en oro espiritual es la auténtica herencia que alientan mis horas. Los de la quimera, los que todavía sé que aún creen y esperan y los que con el paso de los años no están por siempre o de momento, pero que aún guían.
Mesas que nunca preguntaron. Tan sólo escucharon, comprendieron, cobijaron. Reunieron los que al cruzar la puerta de hierro negra dibujaban una sonrisa en su cara al advertir la fraternal presencia de los cómplices compañeros de clase, elegidos desde el corazón, ignorando órdenes alfabéticos.
Alguno sostiene que cada vez van quedando menos rincones, tan definidos, tan populares. Quizás sólo sea evolución y las academias bohemias también vayan cambiando. Sería mejor que nadie nunca jamás escriba los códigos que de memoria y tan sólo con memoria y ejemplo se van dando a conocer por quienes un día son alumnos y con el paso del tiempo se van transformando en maestros, aunque muchas veces ni lo sepan. Para unos son una cosa, para ellos mismos otra. Para algunos frías paredes como el azul del invierno. Para otros el calor de la magia que no se ve. Sólo se siente. Se siente y queda. Y duele a veces, y ríe muchas otras, y recuerda siempre.
Unas pinturas en la pared, unas mesas, unas cuantas sillas, un paño verde testigo de cientos de confesiones, unas cuantas fotos para no olvidar y el Pibe de fondo en abrazo tierno con el Vagabundo. Donde nacer a las penas y beber los años. Con loca poesía cruel, juegos de timbas, sonidos redoblantes, voces desgarrantes o pletóricas de utopías, lágrimas en risas, confesiones para que alguno intentara entregarse sin luchar.
Cosas que a veces se alcanzaron y que siguen viviendo después igual que el azul del frío. Sin olvidarte, aún en esta queja, como algo único en la vida.