CARTA DESDE POTOSI
¿VOLVERAS?
Potosí, Bolivia
Abril 1986
Estimado Pepe:
Viendo el mapa se diría que entre Villazón y Tarija media una hora de viaje. Para los inexpertos esa hora se transforma en diez, visto los caminos cordilleranos.
La salida del bus es un acontecimiento especial. Como esos de películas, con bacas sobre el techo transportando maletas, bolsos y gallinas. El pasaje típicamente boliviano, con guaguas llorando que impacientan a más de uno y cholitas comentando vivencias en quechua y aymará. Sin aire acondicionado, con asientos no muy cómodos para un viaje tan largo y un chofer masticando coca todo el tiempo.
Nada más comenzar el trayecto una señora comenzó a rezar, sin importarle quien estaba a su alrededor. Absorta en su dedicación religiosa ni bien el bus comenzaba a andar sobre el árido terreno, abandonando Villazón.
Los caminos de la cordillera son sinuosos, en rutas “robadas” a la montaña, estrechas y de tierra, sin protección al precipicio que comienza a acompañar poco tiempo después de la partida. Algunas flores y cruces colocadas en el costado del camino hacen dar crédito a los ruegos y rezos de la anciana chola.
Se puede ver el camino a la distancia, entre montañas, tenerlo casi al alcance de la mano pero demorar bastante tiempo en alcanzar lo antes visto. Es el engaño de la montaña con su camino de mil vueltas de caracol. Si otro vehículo viene de frente, el bus se detiene bien al borde del camino, a pocos centímetros del precipicio, desafiando a los más valientes. Mirar para abajo es mirar a la distancia algún verde valle o imaginarse nerviosamente una espantosa secuencia de caída al vacío con muerte segura.
El clima se humedece, la llovizna es persistente y el camino se hace barro de tierra roja. Quien oficia de guarda suele bajarse para poner piedras delante de las ruedas y facilitar el avance lento del bus. Pero en cierto momento, al grito del chofer, todo el pasaje se baja sin preguntar, sabiendo lo que sucede. Las mujeres caminan al costado del bus y los hombres del pasaje lo empujan para ir ganando centímetros en la tierra roja húmeda, avanzando lentamente bajo la llovizna, mientras el guarda pone piedras en las ruedas delanteras.
Una radio deja escuchar mensajes para los habitantes de los valles cordilleranos. Hace cinco, ocho, diez o quince días, ha muerto alguien y se les comunica a sus familiares.
Cordillerano paisaje a veces desolador y otras hermoso en lo temerario. El bus avanza hasta su parada de descanso.
Entre nubes, una vieja casa construida con lo que se ha podido hace las veces de posta. Unas mesas, sillas y un mostrador, todo precario. El comerciante vende “refrescos”. Pero no tienen marca, no están fríos, son los típicamente amargos de la zona y no se puede pedir mucha cosa a más a 4000 metros de altura, en medio de la cordillera.
Pero unos pasos más allá el paisaje invita a sentarse y mirar hasta que canse, deseando tener más ojos y más memoria. Es hermosa la cordillera, la distancia, la montaña.
Algo más allá el bus deja Potosí, se mete en Tarija y a las diez horas de la partida llega a su destino, ciudad del mismo nombre: Tarija.
Hasta mañana.