CARLITOS
A las aladas almas de las rosas
De almendro de nata te requiero,
Que tenemos que hablar de muchas cosas,
Compañero del alma, compañero.
Espontáneo, decidido, pasional. Era un joven de sangre corriendo rápida en sus venas.
Enamorado y enamorado de tantas cosas que hacía suyas, de las cuales se sentía involucrado, reflejado. Seguro que no pararía hasta conseguir en realidad su pensamiento.
Trabajador y compañero. Amigo doblemente amigo por su manera de ser.
Un manotazo duro, un golpe helado
Un hachazo invisible y homicida
Un empujón brutal te ha derribado
No hay extensión más grande que mi herida
Lloro mi desventura y sus conjuntos
Y siento más tu muerte que mi vida
Fue un diciembre. Lo hemos de saber por siempre. Pero no queremos detenernos ni un segundo en recordar el año, ni el día, ni la hora, aunque sabemos que siempre van con nosotros. Como dolor nos ha quedado marcado de por vida el lugar.
Un cruce de ruta en el límite del pueblo. Un accidente temprano y rodando por el suelo, en la ruta maldita. Y entonces el golpe helado de la muerte enamorada.
Parecía sólo una pierna rota. Una cama de hospital en yeso y el diálogo de su desventura. Hasta alguna broma, más tarde la compañía amiga en los turnos de la noche. La última noche. En horas que parecieron normales.
Porque en la mañana temprano uno de los nuestros llegó con el aviso. Una sala de operaciones esperaba urgente. Otras heridas habían roto y estallado. Se reclamaba nuestra sangre. Y nuestra preocupación y nuestros nervios y hasta nuestros ruegos.
Temprano levantó la muerte el vuelo
Temprano madrugó la madrugada,
Temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
No perdono a la vida desatenta,
No perdono a la tierra ni a la nada
Temprano se fue, por la mañana. Muy temprano en juventud. Demasiado. Inesperado resultó, entonces fulminantemente cruel fue. Despiadado.
Con apenas dos décadas de vida todavía quedaba mucho por vivir. Por reír, amar, jugar, divertirse, discutir, abrazarse. Mucha aventura y horas compartidas quedaron pendientes. Mil cosas más hubieran pasado con él, sin imaginarnos ahora cuántas y cuáles, quizás. Por ello tampoco nosotros perdonamos.
Él, mientras tanto, siguió sonriéndonos siempre desde la foto abrazadora. En los iguales colores que un tiempo unían más aún, si cabe, cubriendo un pedazo de pared de la casa de la calle Ituzaingó.
Quizás también por si alguno preguntara por él, para así entonces decirle orgullosamente, quebrada un poco la voz, que Carlitos era y sigue siendo, a pesar de la vida desatenta, nuestro amigo.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
Quiero apartar la tierra parte a parte
A dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
Y besarte la noble calavera
Y desamordazarte y regresarte.
Federico Marotta
Ramón Sijé fue para Miguel Hernández lo que Carlitos para los muchachos de la casa de la calle Ituzaingó.